Mujer

La lluvia cae afuera en pesadas gotas y el viento golpea la ventana. Yo te tengo adentro, dormida entre mis brazos, tu cabeza en mi pecho, tu tersa piel junto a la mía, tu frágil cuerpo junto al mío. Cómo desearía que este momento no terminara, que el tiempo se detuviera y quedáramos así para siempre, felices los dos, sin nada ni nadie entre nosotros.

Siento que te moves. No, no te muevas, no lo hagas, pienso como si con mi pensamiento detuviera tus movimientos.

–No, no te muevas – te digo en un murmullo y acaricio tu tentadora piel.

-Te amo – te escucho decir en un susurro casi imperceptible y siento tus manos acariciando mi abdomen. El leve contacto de las yemas de tus dedos en los lugares correctos de mi cuerpo me estremece y estoy seguro que ahora sonreís por eso.

Rozas tu cuerpo caliente contra el mío y yo ardo. Sabes lo que me gusta y te aprovechas de mis debilidades. Mujer manipuladora, ¡cómo te amo! Hechicera. Con tus embrujos de hiciste presa de tu amor y ahora no puedo liberarme. Me cautivaste con tu cuerpo mortal y me sentí en el Paraíso al morder tu fruta prohibida. Sos cruel mujer... y tu crueldad me gusta...

Levantas la mirada y tus ojos están llenos de deseo, pasión, lujuria. ¿Cómo resistirme a una de esas miradas?, no puedo... no puedo... mujer, vos haces que todas mis defensas sean vanas, que me quede desarmado ante una sola de tus miradas. Soy el ejecutor de aquel deseo primigenio, el más profundo y elemental de todos.

Mujer, me hiciste desearte, conseguirte, amarte, pero jamás me dijiste que el pecado de la lujuria era tu amante, ¿cómo puedo competir contra eso?, enseñame mujer, y seré tu más fiel y dedicado aprendiz.

Tus labios besan los míos y es el sabor más dulce que probé en mi vida, como un rico elixir que me da la vida o me la quita... Te acaricio la espalda, la recorro con mis manos moviéndome lentamente, grabando en mi memoria cada centímetro de tu ser, cada detalle de tu piel; no quiero olvidarlos, de todas formas sé que no podría ni lo intentaría, sería incapaz porque tu recuerdo me acompaña siempre. Podría pintarte con los ojos cerrados sin temor a equivocarme, pero la pintura sería tan imperfecta en comparación con tu belleza natural.

Hundo mi cara en tu pecho y besó tu piel con ternura, probando su dulzura, una dulzura que no empalaga nunca, pero que es harto deliciosa. Jamás me cansaría de besarte, gastaría tu piel al hacerlo si eso fuera posible, pasaría mis días, mis horas en tan satisfactoria tarea.

Paso una de mis manos por el delicado valle que es tu cintura mientras la otra se enreda en el mar de tu pelo castaño. Mis manos y mi boca expertas conocedoras de toda tu adorable geografía. Apoyo mis labios suavemente sobre los tuyos como si temiera que el simple contacto de las bocas deshiciera el hechizo y desaparecieras de mi lado. Pero al abrir los ojos todavía estas ahí, con el mentón levantado y los labios apenas separados, implorándome que no termine el beso, urgiéndome a que les enseñe a ser besados.

Mujer, si tan solo supieras cuán débil es la carne (a veces creo que la mía particularmente lo es).

No puedo negarme a tan atractiva invitación y vuelvo a juntar nuestras bocas. Las lenguas hablan en un idioma antiguo, arcaico, imposible de entender pero tan claro al mismo tiempo y se mezclan en una danza rítmica para terminar enfrascándose en una lucha pareja en donde, sin saberlo, ambos estamos ganando. Son tus manos las que siento me acarician con descarada desvergüenza y el temor al contacto. Son tus manos las que me avivan y me encienden y también las únicas capaces de apaciguarme.

Por un momento me parece que tus labios dejan escapar algunas palabras pero soy incapaz que comprenderlas. Las mezclo con mis pensamientos, con el golpe de las gotas de lluvia sobre el techo y las hago hundirse en el espiral de mi mente que desearte me provoca. Por la forma en que me miras parece que notas mi incomprensión ante tus palabras. Tiras tu cabeza hacia atrás y una ligera y encantadora risita sale de tu garganta y llega hasta mis oídos, empapándolos como una delicada, sensual y melodiosa música que no los abandona.

Y en medio de tu risa me sonreís. Una sonrisa dulce, casi infantil pero llena de deseo. Un deseo que a veces creo más allá de lo humanamente posible, que me encanta y me fascina. Es la sonrisa del final. Es la sonrisa del triunfo. De tu triunfo sobre mi carne. Sé que lo sabes, estoy seguro que mi cara me delata, pero cómo no permitirse sufrir de esta manera si sos vos la que imparte el castigo.

Es la sonrisa que me deja saborear la muerte de entre tus manos.